Cuento para Sana Sanita por Lorena Neira Fernández
Jacinto era un niño de seis años, muy divertido, espabilado y atrevido.
Un buen día insistía a su mami que quería ver la tele:
-¡Mamááááá! ¡La teleee! ¡La tele! ¡La tele!
-No Jacinto, hoy no. Ayer viste mucho tiempo la tele y hoy es mejor que juegues y hagas otras cosas, ¿por qué no juegas con tu hermana pequeña? Seguro que a Lola le apetece mucho jugar contigo. -dijo su mami.
-Yo no quiero jugar con una niña pequeña, ella solo piensa en sus caballitos, sus ponis y los puzzles. Yo paso. ¡Quiero tele! -refunfuñaba mientras tanto Jacinto.
Y fue entonces cuando, como de costumbre, le vino una idea, aparentemente brillante a su cabecita: En cuanto su mami estuviera cocinando la cena y aprovechando que su papá había salido a hacer la compra al supermercado, él mismo encendería la tele y la vería a puerta cerrada, para que su mami no escuchara y pensara que estaba haciendo puzzles.
-¡Ja! ¡Planazo! -se dijo a sí mismo.
Entró en el salón de puntillas, cerró la puerta y se acercó a la tele. Misión número uno:
localizar el mando. A ver, mami siempre lo guardaba en el primer cajón pero no, ¡allí no estaba! ¿Quizás detrás de la pantalla del televisor? -pensó el pequeño. Se metió detrás de la mesa del salón para revisar si estaba por allí el mando y… ¡ay qué mala suerte! ¡Sus pies se engancharon con los cables de la tele y del tocadiscos de papá!
¡Pum, cataplum, pun, pun…! ¡Aaaaaaah! ¡Crashhhh!
Sí, la tele ahora estaba en el suelo, trocitos de cristal por todas partes y Jacinto: blanco y quieto pegadito a la pared. Obviamente mamá no tardó en aparecer corriendo, preocupada.
Lloraron juntos, del susto y de la pena. Mamá estaba muy triste porque Jacinto no había hecho caso cuando ella le dijo que hoy no podía ver la tele y Jacinto triste porque ya no había tele ni hoy, ni mañana, ni pasado.
Y así fue cómo Jacinto aprendió a que si mamá dice que no a algo, es mejor escuchar y esperar a que te den permiso para hacer las cosas. Hacerlas por libre y sin permiso puede ser peligroso.
Y colorín, colorado, ¡sin tele se ha quedado!